G2. CEPFC: CONTRA-EDICIONES PARA EL PFC
Hacia el descubrimiento de una identidad
Hacia el descubrimiento de una identidad es un curso-reflexión sobre todo aquello que nos ha construido como personas y como arquitectos o arquitectas a lo largo de nuestra trayectoria vital.
Algo así como hacer un repaso a las experiencias vividas, los campos de interés creados y las metodologías empleadas; todo aquello que nos ha ido dotando de una identidad propia para descubrir y afianzar una forma de aproximarnos a la arquitectura. Una actitud que queremos poner en marcha y que se inicia con el PFC. El curso ayudará a decidir al estudiante un tema propio de investigación para su TFM.
Siempre he pensado en la desasosegante situación en la que se encuentra el estudiante o el arquitecto (y supongo que ocurre ante cualquier actividad creativa) cuando está frente al papel en blanco. Todos los que nos dedicamos a esta profesión lo hemos sentido en algún momento de nuestra vida. Ese momento desestructurado en el que múltiples sugerencias acuden en nuestra ayuda, pero somos incapaces de ordenar; ese instante en el que ni tan siquiera somos capaces de encontrar la forma de trazar una sola línea. Conocedores como somos de que una línea, una sola línea, aborta muchas otras posibilidades, nos preguntamos: ¿por qué una línea recta?, ¿por qué no inclinada?, ¿sinusoidal?, ¿por qué hacer una línea?, ¿por qué no pensar en superficies?, ¿formas geométricas?, o, ¿por qué empezar así?
¿Y no es mejor atender al paisaje?, volver a visitar el emplazamiento, ¿por qué no buscar una técnica autóctona que nos ayude a conectar con el contexto?, ¿por qué no pensar en un hábito social para arrancar y crear un vínculo con el contexto? Las preguntas nos abruman, pero al mismo tiempo son capaces de centrar el problema. Sin embargo, incluso atendiendo a todas ellas, a veces no acabamos de ser capaces de concretar, de articular algún pensamiento que nos lleve a comenzar a dibujar.
No es fácil arrancar, pero tampoco debe ser motivo de desasosiego. Proyectar es un proceso largo, pero, por otro lado, también inmediato: hay que tener el suficiente atrevimiento para abordarlo y la suficiente paciencia para desarrollarlo.
Hablaremos del proyecto como un proceso complejo en donde no se sigue un orden lineal, sino algo más parecido a una espiral; un camino que en algún momento es caótico y desordenado hasta que se consigue estructurar y dotar de coherencia. El curso busca entender la importancia de todos los aspectos que definen un proyecto y que dan un sentido global a la arquitectura propuesta, trabajando en entornos de creatividad e innovación para proponer soluciones transformadoras que nos lleven a un mundo más deseable.
Suelo hablar de la complejidad del proceso creativo como una suerte de “tela de araña” que pone en relación múltiples cuestiones y cuya resistencia aumenta con el tiempo.
Establezco una analogía entre el trabajo de las arañas y el del arquitecto en un doble sentido:
- Las arañas usan su propio cuerpo para controlar la medida, al igual que los arquitectos usamos el nuestro para entender las dimensiones de todo lo que tenemos a nuestro alrededor.
- Las arañas producen su seda de unas glándulas localizadas en el abdomen, del mismo modo que los arquitectos, en el momento de crear, tenemos que hacerlo desde las entrañas.
La araña lanza un hilo, lo recorre y vuelve sobre sus pasos para darle firmeza, va al punto medio y se deja caer, retrocede y comienza a dibujar una red radial de sectores. Cada sector representará un asunto que la arquitectura debe tratar: concepto, espacio, objeto, atmósfera, pensamientos, materia, energía, realidad… y este será el marco del proyecto.
Posteriormente, refuerza el centro y, a partir de ahí, inicia un movimiento en espiral que enlaza todos los sectores. Este movimiento representa la teoría y la historia de la arquitectura: descifrar los apasionantes caminos de exploración del proyecto en conexión con las teorías que lo envuelven.
Más tarde, empezando desde fuera y moviéndose hacia dentro, la araña refuerza metódicamente esa espiral con un hilo más pegajosos y adherente. Ese movimiento en espiral que recorre y reconoce todos los asuntos previos es, para nosotros, el proceso de generación de la arquitectura; algo que va y viene, que se retroalimenta durante el desarrollo, donde unos dibujos llevan a otros, surgen observaciones detenidas sobre el propio trabajo o aparece la irrupción inesperada de una técnica.
Como resultado, se establece un marco complejo de situaciones, acciones y soluciones que construyen una red de conexiones que iremos esclareciendo a lo largo de todo el proceso creativo, reflejando la complejidad de la futura obra construida.
“Sorprendentemente, la nueva ciencia presenta un inicio fresco. Al rechazar de arriba abajo la lógica lineal y de segunda mano de un pensamiento jerárquico, la nueva ciencia abraza abiertamente la complejidad. Se adopta la no-linealidad. La novedad es la admisión de la interacción como motivo. Hay superposición, y la simultaneidad adquiere poder. De una manera increíble, estos puntos de partida del caos son considerados como el camino hacia la estabilidad y la coherencia, guiados por los deseos internos auto-organizadores. El paradigma es la emergencia, una reunión de tendencias dispares que se mueven hacia una expresión de deseos separados.
Actuando delante de la idea convencional de pre-arreglo, la nueva ciencia propone, en cambio, el plano como un punto de partida, y el límite resultante como una SORPRESA. El orden sólo es una parte transitoria del cuadro, en los márgenes de la turbulencia. Como si fuera una cosa capaz de juntarse por medio de improvisaciones internas, el orden, en el sentido de organización y de coherencia, es considerado como una apuesta segura, que surge del caos y de lo imprevisible. Estas ideas se mueven frente a la entropía y a nuestro permanente desgaste, santificado por medio de la segunda ley de la termodinámica. ¡Pero la creatividad siempre ha sido una sorpresa!”
Cecil Balmond, “ La nueva estructura y lo informal”, Quaderns nº 222, 1999, página 47.
Tan solo una condición, un objetivo irrenunciable: el rechazo de cualquier planteamiento que no convierta, total o parcialmente, la propuesta en un espacio colectivo.
Existe una voluntad decidida de tender puentes entre la arquitectura y la sociedad, retomando aquel espíritu crítico que, en el denominado Otterlo Circle (presentado en el CIAM de 1959), proclamaba Aldo van Eyck al cuestionar la rigidez funcionalista y reivindicar la dimensión humana y social del habitar.
Descompuesto en dos círculos, aquel planteamiento proponía la idea de integración cultural: en el primero su arquitectura aparecía como fusión de lo clásico, lo moderno y lo arcaico, hibridación que resuelve la complejidad del proyecto contemporáneo y de la vida asociada a él (“by us”); este se enlazaba con otro gran círculo que contenía el intrincado mundo de las relaciones humanas (“for us”).
En este curso es central la concienciación social, propia de la cultura del siglo XXI: la capacidad de mantener la individualidad mientras se comparten valores orientados hacia una inteligencia colectiva basada en la cooperación.
Aquí tendrá un especial protagonismo la conciencia del sujeto social y su interés por la construcción de lo colectivo, por aquello que nos une más que por lo que nos separa. Se trata de una nueva realidad volcada en la creación de vínculos sociales entre quienes compartimos este mundo endiabladamente complejo que nos ha tocado vivir.
La pertenencia a la cultura del siglo XXI es un aspecto clave para el curso, que se posiciona claramente del lado de lo compartido, de lo cooperativo y de la implicación social; una cultura más próxima a lo colectivo que a lo individual, a lo comunicativo qué a lo inaccesible, a lo espiritual qué a lo material. En esta línea, Yuko Hasegawa describe con precisión este cambio en su reflexión sobre la obra de Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa.
“El siglo XX fue una época dominada por el individualismo y el materialismo, una época basada en el racionalismo y el egoísmo, representados por tres elementos, “el hombre”, el “dinero” y la “materia”.
El siglo XXI, será la época de la “conciencia”, la “inteligencia colectiva” y la “coexistencia”. Esto indica que el centro de la reflexión ha pasado del cuerpo a la conciencia, llevándonos así al carácter no físico. Esto representa la idea de la inteligencia colectiva, que conduce a una más intensa colaboración intelectual y a la coexistencia. No se trata de un nuevo “ismo” sino de cómo se puede compartir con los demás los recursos materiales, espirituales y espaciales, al tiempo que se conserva la propia individualidad.
Yuko Hasegawa, “un espacio que desdibuja y borra los programas”, el croquis 99, pagina 22.
Desde el convencimiento de que detrás de cada uno de vosotros hay un arquitecto o arquitecta, el curso se plantea construir los “puentes” entre el pensamiento y la forma de expresarlo: el proyecto. De alguna forma, busca esa conexión que tan bien explica Juhani Pallasmaa en La mano que piensa o Richard Sennet en El Artesano: la conexión entre la mano y la cabeza, el pensamiento.
El objetivo final del curso será descubrir la “tela de araña” de cada uno de vosotros, que será única y diferente en cada caso, y que constituye vuestra identidad como arquitectos. Pensar, dibujar, explorar y maquetar esa “tela de araña” será, en cierta medida, construir las señas de identidad que os servirán para acometer el PFC con decisión y seguridad. Pero también con la ambición de abordar el trabajo desde una actitud clara: no hacer el proyecto que ya sabéis hacer, sino aquel que vais a ir descubriendo cómo hacer.